El algoritmo no tiene ética; el código no tiene compasión. Y, sin embargo, vivimos ya instalados en una gobernanza algorítmica que decide sobre nuestro patrimonio, nuestra salud o nuestra libertad. Lo hace bajo la promesa de una justicia perfecta, despojada de los sesgos, los cansancios y las contradicciones de la condición humana. Este libro sostiene que esa promesa encierra un error de base: confundir la eficacia con la justicia. Abel Veiga recorre los grandes desafíos jurídicos de la inteligencia artificial: la alucinación de los sistemas generativos; la tensión entre identidad y dato, y su efecto sobre la democracia; la irrupción de la técnica en los marcos legales vigentes; la responsabilidad en la economía digital; la creatividad artificial; la decisión algorítmica y la aversión al algoritmo; la equidad algorítmica; la opacidad en la contratación.
Y se pregunta qué espacio debe reservarse al jurista. La tesis es clara: la IA no elimina el sesgo, sino que lo automatiza, lo escala y lo vuelve invisible bajo una apariencia de infalibilidad matemática. Frente a ese Leviatán invisible, el autor reivindica una «reserva de humanidad»: ninguna caja negra puede ser fuente de Derecho si no explica el porqué de su decisión. La máquina apoya la decisión, no la sustituye.
En el centro del libro está la epieikeia, la equidad de los clásicos: la capacidad de decir «la regla es correcta en general, pero aquí sería cruel». Sin ella, la justicia deja de ser un acto de humanidad para convertirse en un proceso de optimización. No es un alegato tecnófobo. Es una defensa del humanismo jurídico ante una técnica que ya no va a retroceder.