Tu, spes. Donde está el peligro, crece también lo que salva


  • Libro Impreso
  • Nº PAGINAS: 113
  • DIMENSIONES: 196x118
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Nuestra esperanza es irreductible al optimismo. No se funda en los logros del tiempo, sino en la bondad última de lo real; nunca en las conquistas de la época, sino en la promesa del Señor. Frente a la ambivalencia de un mundo que oscila entre el éxtasis y la desolación según el contexto, los católicos estamos convocados a una alegría esperanzada: también cuando nos asomamos al abismo, también cuando avanzan las sombras. El lema interpela a la Esperanza, como si fuese una persona, y tiene mucho sentido que lo haga. Los católicos no confiamos en el transcurso del tiempo, mucho menos en una ideología o en un puñado de técnicas. Confiamos, más bien, en el Dios que se encarnó, murió, resucitó, ascendió a los Cielos y regresará con gloria. Podemos dirigirnos a la Esperanza porque nos escucha. Podemos invocarla porque nos busca, especialmente entre los escombros, cuando las posibilidades de éxito se han disipado y sólo nos restan fuerzas para increparla en una oración que podría pasar por blasfemia.